El
mejor ejemplo que ha dejado plasmado la historia para comprender el binomio que
entrelaza el concepto de arte y poder es el de las antiguas civilizaciones, y
cómo ese rasgo ha prevalecido a lo largo de todas las posteriores. Desde el
comienzo de las civilizaciones, siendo Egipto la primera, una de las formas más
clarividente de manifestar a quién pertenecía el dominio de esa sociedad o
civilización era el arte. Un pequeño
análisis a la visita al Museo Arqueológico Nacional refleja a la perfección
esta tesis.
Por
arte, hoy, entendemos casi todo. Es decir, podría decirse que prácticamente todo es arte: desde las vasijas y
útiles que empleaban nuestros antepasados prehistóricos, hasta las armas o las
pinturas en paredes y esculturas, e incluso la forma de enterrar. También
porque suele estar inexplicablemente –a mi modo de ver- asociado arte con antiguo. Pero, en cualquier caso, todo ello era una proyección del
poder, ya que los líderes de dichas sociedades –en el caso de Egipto, por
ejemplo, el faraón y su familia, y escalas sociales similares; o en el de Roma,
el emperador y su familia, y la gente de su mismo estrato social, que aún no
estaban bien definidos- eran los que mejores utensilios, vasijas y ritos
funerarios tenían.
En
el caso de Egipto es especialmente imponente, ya que a los faraones se les
enterraba en sarcófagos muy ornamentados y elegantes, bajo pirámides
majestuosas y junto a un montón de utensilios para “su otra vida”. Estos
sarcófagos reflejaban otro elemento de vital importancia, ya que en ellos se
narraba, a través de jeroglíficos, la historia del faraón en cuestión; que era
la escritura de la época.
Este es otro modo en que el arte delimita la
importancia y el poder de cada sector social a través de las civilizaciones;
pues solo tenían acceso a él aquellos que disponían de posibilidades económicas.
Así, solo sabían leer y escribir los más poderosos.
A
partir del siglo XIX- XX las cosas dieron un gran giro, igual que la concepción
del arte, pero hasta entonces éste fue un privilegio
de lujo que solo las clases sociales más altas podían permitirse. La propia
Edad Media lo refleja: los artistas estaban al servicio de mecenas que decidían
qué tipo de arte querían. A la vista queda que el arte era de los poderosos,
pues ellos eran los retratados en la mayoría de las pinturas, esculturas e incluso
hasta en poemas y escritos (los mencionados jeroglíficos, por ejemplo). Incluso
la historia es de los poderosos, pues los libros lo reflejan diciendo frases
del tipo “esta obra la pintó Goya para Carlos III”, o similares.
Otra
muestra reveladora del binomio mencionado es la que concierne a la
invisibilización de la mujer y la visibilización del hombre. La mujer fue
infravalorada desde el principio de la historia, y tratada como un mero objeto
(y aun así ésta no reconocida). Más adelante las cosas cambiaron, pero aún hoy
esa concepción de la minusvaloración del género femenino se mantiene anclada en
el imaginario colectivo. Apenas hay representación de la mujer en el arte, y,
de serlo, lógicamente, son solo las poderosas (por ejemplo la escultura de
Livia, esposa del emperador Augusto).
Así,
poder y arte han sido íntimamente ligados durante muchos siglos, hasta que el
arte dio un golpe en la mesa y se desligó casi totalmente del poder. Incluso
podría decirse que esa separación de bienes ha convertido la libertad del arte
en libertinaje, tanto que ya ni el arte sabe lo que es arte. Ahora el arte es poder, no el poder, arte.


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